lunes, 9 de noviembre de 2015

Promesas cumplidas

Ella, melancólica como pocas, no podía dejar de pensar en aquel día. Y es que si por algo se ha caracterizado Susi es por pensar demasiado las cosas. Las ideas quedan flotando en su cabeza por horas, sin tomar decisión alguna. Puede mirar los pájaros que se posan sobre un pino y divagar acerca de lo mucho que le gustaría poder volar y escapar, así sea por poco tiempo, de su realidad.



Pero si en algo no podía dejar de pensar era en Alejandro, aquel chico que vio un sábado en la noche mientras regresaba de la casa de una amiga. A pesar de pasar por el mismo lugar, era la primera vez que lo veía.

Se extrañaba al verlo uno y otra vez. A veces tenía miedo, algo normal teniendo en cuenta las altas horas de la noche en que lo veía; otras tantas, curiosidad por conocerlo, saber quién es.

Recordaba Susi fresas. Fresas, fresas y más fresas. Había estado en Noruega por un tiempo y si algo no podía olvidar del país nórdico era un pequeño pueblo donde las fresas abundaban por doquier. Y eso, para ella, no era muy buena noticia. Las odiaba. Pero no todo fue malo, pues allí mismo conoció a Luciana, quien desde un primer momento se convertiría en su inseparable amiga y compañera de aventuras.

Aventuras juntas, muchas. Historias por contar, demasiadas. Las pastas que comían todos los jueves, los viajes en auto por Bergen, las fiestas sabatinas… Justamente, en una de ellas, conoció a un tipo un tanto peculiar. Solitario, taciturno y misterioso. Solo le conoció la voz una única vez. Él se acercó a Susi y le susurró al oído de manera extraña: “Nos volveremos a ver.”

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