Ella, melancólica como pocas, no
podía dejar de pensar en aquel día. Y es que si por algo se ha caracterizado
Susi es por pensar demasiado las cosas. Las ideas quedan flotando en su cabeza
por horas, sin tomar decisión alguna. Puede mirar los pájaros que se posan
sobre un pino y divagar acerca de lo mucho que le gustaría poder volar y
escapar, así sea por poco tiempo, de su realidad.
Pero si en algo no podía dejar de
pensar era en Alejandro, aquel chico que vio un sábado en la noche mientras regresaba
de la casa de una amiga. A pesar de pasar por el mismo lugar, era la primera
vez que lo veía.
Se extrañaba al verlo uno y otra
vez. A veces tenía miedo, algo normal teniendo en cuenta las altas horas de la
noche en que lo veía; otras tantas, curiosidad por conocerlo, saber quién es.
Recordaba Susi fresas. Fresas,
fresas y más fresas. Había estado en Noruega por un tiempo y si algo no podía
olvidar del país nórdico era un pequeño pueblo donde las fresas abundaban por
doquier. Y eso, para ella, no era muy buena noticia. Las odiaba. Pero no todo
fue malo, pues allí mismo conoció a Luciana, quien desde un primer momento se
convertiría en su inseparable amiga y compañera de aventuras.
Aventuras juntas, muchas.
Historias por contar, demasiadas. Las pastas que comían todos los jueves, los
viajes en auto por Bergen, las fiestas sabatinas… Justamente, en una de ellas,
conoció a un tipo un tanto peculiar. Solitario, taciturno y misterioso. Solo le
conoció la voz una única vez. Él se acercó a Susi y le susurró al oído de
manera extraña: “Nos volveremos a ver.”

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