Nunca lo había
hecho, era un completo inexperto en la materia y no quería hacer el
ridículo. Todos mis amigos hablaban de lo genial y excitante que es, lo mucho
que lo hacían, lo bien que lo pasaban y hasta llevaban una cuenta particular
por ver quién lo hacía más veces. Yo, en medio de esas charlas soporíferas,
solo acataba a asentir con la cabeza y rezar para que no me preguntaran por mi
experiencia.
Me parecía
increíble cómo, mientras otros eran menores que yo o enclenques comparados conmigo, no fuera capaz de atreverme. No sé
si existe alguna delimitación para el significado de “hombre”, pero no me cabe
la menor duda de que esta era una buena
manera de medirlo.
“Yo llevo
cuatro”. “Ah, eso no es nada, yo llevo dos y solo en esta semana”. “A mi novia
le encanta hacerlo y a mi aún más”. Eran tan solo frases que oía decir a mis
amigos y se me impregnaban como cual lección de clase. No podía dejar de pensar
en ello. Ya era lo suficientemente mayor como para hacerlo y aún no lo hacía.
Debía hacerlo cuanto antes.
Había conocido a
una chica por esas fechas. Era especial conmigo, y no solo eso, era alocada,
extrovertida, sin pena ni miedo de nada. Era perfecta para hacerlo. Encima,
tenía experiencia en el tema, algo que nunca viene mal. Después de charlar por
un tiempo (no mucho la verdad, estaba urgido) las cosas se fueron dando y
llegamos al clímax: había llegado el momento. O mejor dicho, ¡al fin había
llegado el ansiado momento!
Quería que fuera
especial, así que fui preparando todo con suma minuciosidad. Este fin de
semana al fin lo haría. Dejaría de quedarme callado en las conversaciones,
podría jactarme de mis hazañas y pasaría de ser un niño a todo un hombre.
Llegó el día y nunca había estado más
nervioso. Era en las afueras de la
ciudad. Decían que ahí todo era mágico, otro mundo. A diferencia de otras
partes, este era un poco más tranquilo, por lo que podría repetir cuantas veces
quisiera y así calmar mi sed. Llevaba días ansioso pensando en hacerlo lo mejor
posible, en no quedar en ridículo, no parecer un niño e inexperto. Es por eso
que incluso vi vídeos en internet. Y vaya si me sorprendí. Realmente hay
personas que lo hacen perfecto, con una compenetración mágica que llegan a
parecer verdaderos artistas. No buscaba ese nivel de vistosidad, solo no
hacerlo mal.
Mi chica estaba
preparada. Si yo era una tormenta en ciernes, ella era una pradera en densa
calma. No me presionaba por hacerlo, pero comenzaba a impacientarse. Hasta que
al fin, después de mucho “ires y venires”, me atreví a hacerlo. Poco
a poco me fui quitando la ropa, acercándome más y más a ella y pasar a la
acción. Ese día, como olvidarlo, al fin me tiré por un tobogán. Algo pequeño
para unos, pero algo grande para mí.
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