Se respira aire a historia. Se puede sentir el labrador
trabajo que cada una de las personas que aquí están le inyectan a su rutina. Es
un lugar conocido por todos los medellinenses, mencionado siempre como uno de sus
insignias. 125 años han pasado por aquí, pero La Placita de Flórez niega a
desaparecer. Y de eso se encargan más de 300 personas.
Construida en el lugar donde había, hace casi dos siglos, una
casa, La Placita ha visto crecer a Medellín, por arriba, por los lados y hasta
por abajo. Literalmente. Con una ubicación céntrica, es de fácil acceso para
una gran población de la ciudad que se niega a dejar las costumbres de nuestros
antepasados.
Y es que todos sabemos que la capital antioqueña es ciudad de
mujeres hermosas, delicioso café y de flores. Es por eso que La Placita es el
mejor exponente. Comenzó como punto de encuentro de todos los arrieros que
llegaban desde Santa Elena para vender y distribuir sus flores. Y así se quedó,
como punto de partida, no solo de flores, sino de todo aquello que se pueda
imaginar.
Son las 6:30 de la mañana y ya es tarde aquí. “Aquí llego
desde las 4:00 y a veces ya hay gente esperando”, cuenta Don Carlos, quien
vende flores. Pero de flores no va solo La Placita, pues aparte del olor de margaritas
y girasoles, se respira a vida. Vida reflejada en Don Carlos, Doña Elena, Don
Federico y todas las personas que hacen de La Placita el lugar que es.
Un sentimiento tienen en común todos los que trabajan y
visitan este lugar: cariño. Por La Placita, ese lugar donde crecieron nuestros
abuelos, esos que mandaban sus padres a comprar comida; nuestros padres, que
bien pudieron conquistar a nuestra madre con una flor salida de aquí; y
nosotros, que tenemos la suerte de vivirla.
Pero, ¿cómo hace una plaza de mercado para sobrevivir en una
era donde predominan los hipermercados? “El trato al cliente es fundamental,
aquí se siente cercanía”, cuenta una clienta de una de las carnicerías que
pululan por el lugar. Y debe ser fundamental, porque habiendo grandes empresas
en el sector, consolidarse décadas, traspasando épocas, tiene su mérito.
En su nombre reza la palabra “flores”, pero no nos
equivoquemos, aquí se vende de todo. Desde manualidades, carnes, arepas hasta
consultorio odontológico podemos encontrarnos en el lugar. Perfectamente, no
tenemos que ir a otro lugar: aquí encontramos lo que necesitemos.
Son casi las 7:00 y La Placita está atestada de personas.
Tanto como para mercar como para comprar lo del día, es frecuentado por
personas de todo tipo. Van y vienen, no necesariamente comprando, tan solo
observando el panorama.
Pero en todo este tramado de locales, flores y demás, hay
espacio para la humanidad. Siendo un lugar tan grande, es mucha su basura
diaria y si le sumamos que se vende comida, sube exponencialmente. Pero no todo
son desechos, pues también hay comida que por uno u otro motivo ya no se puede
comercializar, a pesar de estar en buen estado. En vez de botarla, como hacemos
muchos, hacen un acto de caridad, dándosela en forma de mercado a personas
necesitadas. Un gran ejemplo.
La Placita de Flórez es un lugar rebosante de vida e
historia, que se ha convertido en un ícono de la ciudad y en un patrimonio para
todos los paisas. Entre sus paredes se conserva la esencia de nuestra sangre,
sus trabajadores llevan impregnada la verraquera que tanto nos distingue.

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