“Yo para qué voy a buscar otras
carnes si en mi casa tengo solomito”, decía Paul Newman, histórico actor
ganador de dos premios Óscar, en referencia
a su esposa por más de 50 años, Joanne Woodward. Y así habla Aquiles
cuando se refiere de María Eugenia, su esposa desde hace 19 años.
Son las 10 de la mañana. El
viento está inquieto hoy, llevándose por delante más de un trabajo de los
estudiantes, haciéndolos correr por todo el corredor en busca de la hoja que
tanto esfuerzo les costó llenar de tinta. Aquiles come unas mandarinas,
saciando un poco su hambre a la espera del almuerzo. Es temprano aún, pero su
día comenzó hace horas.
Vive en Copacabana, por lo que el
trayecto hasta su lugar de trabajo se alarga en el tiempo. Cada día,
sagradamente, se levanta a las 3:30 de la madrugada. “A veces duermo un poco
más, hasta las 4”, dice tranquilamente, mientras su servidor exclama un “uh” en
clara señal de asombro. “Me gusta llegar temprano a la universidad, estoy desde
la mañana aquí, así aprovecho el tiempo y adelanto trabajos.” Haciendo cuentas,
llega sobre las 7 de la mañana y sale después de las 10 de la noche. Agotador,
cuanto menos.
Fernando Aquiles Arango Navarro
nació en Medellín, hace 54 años. Es comunicador social de la Universidad
Pontificia Bolivariana y Magister en Educación de la Pontificia Universidad
Javeriana. Docente, periodista e investigador, cuenta con más de 25 años de
trayectoria.
Uno habla con Aquiles y lo
primero que nota es que es un hombre culto, aficionado a la lectura, con una
gran memoria para recordar títulos y autores. Y como muchas otras aficiones,
todo comenzó desde casa. Su padre era un hombre con una biblioteca personal
amplia, por lo que estaba rodeado de letras desde una temprana edad. “Soy una
persona que leo de todo, desde investigaciones hasta libros de cocina”, relata.
“En mi casa todos los días compraban los periódicos de la ciudad y yo los leía,
con especial atención a la sección deportiva.”
Y si hablamos de deporte tenemos
que hacer énfasis en el fútbol, una de sus pasiones. Estudiantes que han tenido
clase con él no dudan en definirlo como futbolero, con algunos comentarios que
muestran su conocer del tema. “Me sorprendió que supiera tanto
de fútbol, la verdad no me esperaba que un profesor fuera tan futbolero como
él”, cuenta Daniel Zuluaga. Esta pasión nació desde la radio, ya que de niño la
televisión aún no estaba tan estandarizada como ahora, por lo que el principal
medio de comunicación era radiófono. Siendo Aquiles futbolero, la pregunta
obligada es:” ¿de qué equipo eres?”. “Soy de Millonarios. En mi infancia los medios
eran mayoritariamente bogotanos, por lo que le fui cogiendo cariño a los
azules. Y mira, tan bonito es el azul, que hasta hoy Nacional lo usa como
uniforme.”
La conversación es distendida.
Aquiles es una persona a quien le gusta hablar, extenderse sin parar. Una
pregunta que podría tener una respuesta de dos líneas él la convierte en dos
párrafos. Quizá ha leído tantas letras que necesita sacarlas. “Soy más formal
de lo que parezco”. En el ambiente universitario es exigente, disciplinado y
ordenado, algo que quizá traslada al hogar, pero con excepciones.
Padre de dos hijos, un hombre de
18 años y una mujer de 16, es estricto pero a la vez flexible. Consentidor,
cariñoso y especial con ellos, es consciente de que él también fue hijo, por lo
que trata de ponerse en la situación de ellos en determinadas ocasiones. Es
hogareño mientras su trabajo se lo permite, por ello pocas veces sale con
amigos, pues los fines de semana los dedica enteramente a su esposa e hijos.
Hoy es esposo y padre, pero ayer
fue soltero y joven. Y vaya si disfrutó su juventud. Por más que uno vea a
Aquiles como bonachón, afable y rodeado de libros, hay otro Aquiles que le
gusta la bebida, la música caribeña, los vallenatos juglares, la rumba hasta el
amanecer, jugar cartas… “Mi juventud la bebí y rumbeé lo más que pude, sabía
que ese era el momento para hacerlo, no ahora que estoy casado. No lo digo con
orgullo, pero tuve tiempo de vivir gracias a jugar –y ganar– cartas, beber
hasta el día siguiente y probar cosas prohibidas.”
Si le gusta la rumba, le debe
gustar diciembre. Y así es. En la privacidad de su familia, decora todo su
hogar con motivo de la Navidad, siendo un asiduo de las tradicionales fiestas
decembrinas y aprovecha, quizá, para desatrasarse de los traguitos que no puede
beber el resto del año.
Aquiles es un hombre con la
palabra firme y segura. No tiene que pensar mucho lo que dirá, todo lo analiza
con rapidez y te responde con un muro de palabras. Habla de la lectura como su
gran pasión, aquella que le ha ayudado en varios momentos claves de su vida.
Obtuvo el mejor puntaje ICFES de su colegio, pasó cuatro veces a la universidad
(ganando su respectivo examen), ganaba los exámenes con facilidad, era el mejor
de su clase… Un alumno 10. Era buen estudiante, los hechos lo demuestran, pero
ahí, cuando se le escucha hablar de su época de estudiante y logros, se percibe
cierto aire de alarde, grandeza y convencimiento de sí mismo, tanto, que lo
hace perder la humildad por instantes.
Siempre quiso ser comunicador, lo
sabía desde pequeño al estar rodeado de libros y encantarle su mundo, pero como
rareza, lo primero que estudió fue ingeniería química en la Universidad de
Antioquia. Duró un solo semestre. Cambió la probeta y el tubo de ensayo por la
pluma y el papel. A perspectiva, lo considera una buena elección. Eso sí, su
título como profesional es de la UPB gracias a los paros y problemas que en su
época presentaba la U de A y que lo desalentaron continuar en esa tónica.
Fuera del mundo estudiantil, su
primer trabajo fue en El Mundo, donde inició en la sección metropolitana, para
después pasar a la sección deportiva, que tanto quería, y terminar en economía.
Durante este proceso se casó y se convirtió en padre de familia, es por eso que
decide irse a trabajar a FENALCO y así aumentar su salario. Por parte de la
docencia, la ha ejercido siete años en la Universidad de Medellín, seis en la
Corporación Universitaria Lasallista, un año en la Universidad de Antioquia,
instancias en la Universidad San Buenaventura y Colegiatura Colombiana y, desde
hace casi cuatro años, en la Fundación Universitaria Luis Amigó.
Pero es trabajando como
periodista donde se encontró con una historia que lo marcó. “Estando en
periodismo deportivo me encontré con Mauricio, un niño de 8 años que quería ser
futbolista.” Hasta aquí todo normal, pero la sorpresa viene cuando cuenta que
le faltaba una pierna, por lo que su sueño era poco menos que imposible.
Mauricio usaba una prótesis que debido a su crecimiento natural ya no le
servía, pero siendo de escasos recursos no tenía forma de cambiarla. Así,
Aquiles escribió un artículo con la historia, posibilitando que consiguiera una
nueva prótesis. “Años después estaba en la calle y él me reconoció. Ahí sentí
la satisfacción de ayudar a alguien desde mi labor como periodista.”
Los minutos pasan, las palabras
se suceden una tras otra. Ya se comienza a sentir el calor infernal que en los
últimos días sacude a Medellín. Hoy Aquiles trabaja hasta las 10 de la noche,
por lo que prisa no tiene. Le pregunto por una debilidad y aquí, a diferencia
de otras veces, se toma más segundos para responder. “Me aburro fácilmente. Soy
de esfuerzos concentrados en poco tiempo, si un trabajo se alarga mucho, pierdo
interés y lo dejo de lado.” Si Aquiles fuera un atleta, sería velocista de 100
o 200 metros, nunca maratonista. “Soy muy llevado de mi parecer, terco. Si bien
a veces es necesario, también soy impaciente.” Tanto le gusta leer, que hasta
se asemeja a Sherlock Holmes.
La charla está llegando a su fin.
Te puedes sentar con él por horas y horas, sin más preocupación que refrescar
la garganta y estar presto para escuchar. “¿Cómo te definirías en una palabra?”
Le pregunto. “Práctico”, responde. “¿Un libro que regalarías?” “Cuento de
navidad, de Charles Dickens. Hay mejores, pero este tiene una historia que
puede enganchar a cualquiera.” “¿Qué te ha faltado por hacer?” “Escribir un
libro, quizá de cuentos. Soy más cuentista que novelista. Se llamaría ‘El reino
flotante’, una historia sobre las ánimas. Si lo escribiera, sería un autor ya de la tercera edad,
cerca de la jubilación, pues mi trabajo no me permite concentrarme en ello
ahora mismo.” Se le nota la ilusión por hacerlo cuando habla de ello.

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