domingo, 1 de noviembre de 2015

Amistades que se van, amistades que se quedan.

Pensábamos tomarnos dos cervezas, pero terminamos tomándonos dos cajas enteras entre los dos. Eran muchos los temas que tocar, la boca se reseca y, admitámoslo, una cerveza con un amigo es uno de los placeres de esta vida. Y él no era cualquier amigo, no. Era mi mejor amigo. O al menos algún día lo fue.

Llevábamos ocho años sin vernos, o bueno, sin hablar. Porque vernos, lo hacíamos. Lo veía pasar cada cierto tiempo con su padre, quien tanto me dio en el pasado. Nos saludábamos como buenos conocidos que éramos, pero no pasaba de ahí. No había más contacto que la mano alzada en señal de saludo. Y así, ocho largos años.


No sé muy bien –luego sabría que él tampoco– porqué nos distanciamos. No recuerdo el cómo ni el por qué perdimos contacto. Cómo pasamos de ser uña y mugre, de estar todos los días juntos, a dejarnos de hablar, a quedar como desconocidos.

Éramos unos niños. Crecimos juntos. Incluso, se podría decir que nacimos. Nuestros nacimientos apenas se separan por 20 días (siendo mayor yo) y, por azares del destino, nuestras madres iban a los controles de natalidad en el mismo lugar, por lo que se podría decir que ahí empezó nuestra relación.

Pero tampoco recuerdo en qué momento nos hicimos amigos. Supongo que fue en la Escuela, cursando Preescolar; o en la cancha, jugando fútbol. Aunque ahora que lo pienso, quizá fue por el primo de él… No lo sé, y no creo que interese a estas alturas de la vida. Solo sé, y a ciencia cierta, que fuimos mejores amigos de la infancia. Durante 6-7 años, fuimos inseparables.

Son muchos los recuerdos que tenemos juntos. Tantos, que he olvidado varios. Pero nuestro reencuentro ayudó a recordarlos. Él siempre ha tenido una magnífica memoria y, ahora adulto, no la ha perdido.

Son las 7:15 de la noche, estoy parado en la puerta de mi casa esperando que mi amigo llegue. Hace una semana decidí hablarle por chat. Fue un impulso. Siempre hemos sido amigos en las redes sociales, pero nunca habíamos interactuado. Hasta que en una noche de desvelos, le escribí, sin saber muy  bien qué respuesta esperar. Podría ignorarme, responderme de manera corta… Pero pasó lo que quería que pasara: hablamos como si no hubiera pasado un solo día.

Él no había cambiado mucho. Sus facciones, su exterior, su apariencia, era muy semejante a cuando niño. Un poco más alto que yo, sin barba (a diferencia de mí) y con una inocencia que resalta por encima de todo. Si lo comparamos conmigo, con todo lo que he vivido a mi poca edad, mis sufrimientos y llantos… Seríamos agua y aceite, siendo él, claramente, el agua. 

Incluso con esto, era el mismo. Ambos lo éramos con el otro. Hablamos sin filtros, sin vergüenzas y sin cohibiciones, como buenos amigos que fuimos. Él siempre ha sido excelente compañero de conversación, siendo una persona muy atenta. Escucha más de lo que habla. Sentí una especie de liberación hablar con él, como si lo estuviera necesitando imperiosamente. Fue un alivio para mí su presencia.

En una noche uno no se desatrasa de ocho años de vivencias, pero sí alegra el alma el retomar contacto con quien fue tan importante en tus años infantes. Nos contamos lo que el tiempo nos permitió: él me contó de sus estudios, de cómo está su familia (que por momentos parecía la mía), de su pequeño hermano que no conozco, de su novia, de sus mayores anécdotas, de cómo ha cambiado… De todo un poco. Yo, de mi trabajo, de mi madre, de mis años en la calle, de mis amores, de mi aprendizaje… Pero sobre todo, de mis vivencias.

Con 15 años uno no sabe muy bien qué quiere en la vida. Me atrevería a decir que ni sabe quién realmente es uno. Yo, por ejemplo, me relacioné mal, me dejé llevar por la tentación y terminé en el negocio del dinero fácil. Un día de tantos, un amigo, o al menos una persona a quien creía mi amigo, me propuso un trabajo, o como lo llamamos nosotros, “una vuelta”. Matar a un hombre. Yo, que hace unos meses aún veía caricaturas, tenía en mis manos el destino de un ser humano. Yo, que aún fantaseaba con el último videojuego, acepté matar a una persona.

Pero “la vuelta” salió mal. Iba con dos amigos más a finiquitar el asunto, por lo que éramos tres los implicados. Solo yo sobreviví. Un disparo salió y entró al lado de mi oreja derecha, el otro, descansa sobre mi brazo izquierdo. Ese día no me mataron, quizá porque el Dios en quien poco creo no quiso llevarme con él; o porque no era mi día; tal vez porque me salvé de un tercer disparo por la multitud que se congregó en el lugar… El por qué no lo sé, y la verdad, poco me interesa. Lo que sí sé es que ese día murió un Jeferson y nació otro muy distinto.

Él no es como yo. No lo fue, no lo es y no lo será. Y me alegro. Para bien o para mal, viví lo que viví, con muchas piedras en el camino, pero como él dijo, “aprendí, y eso es algo valioso para ti.”

Las carcajadas son cada vez más altas, no paramos de reír. Hemos recordado muchos años juntos, anécdotas imborrables. Estamos a punto de despedirnos hasta un próximo encuentro, no sin antes hacer una promesa: nos volveremos a ver pronto. Puede que la cumplamos, o que no, pero una cosa es segura: recordar es vivir, señores.


No hay comentarios:

Publicar un comentario